Crítica de ‘Mickey 17’: Un provocador espectáculo de ciencia ficción.
El ganador del Oscar, Bong Joon-Ho, regresa tras seis años desde Parásitos con un épico viaje al futuro que evoca a Okja y Snowpiercer, mientras el anticapitalismo sigue siendo su tema central.
¿Cambia un Oscar la vida de quien lo gana? Pregúntenle a cualquier ganador. Algunos dirán que sí, que nada vuelve a ser igual. Otros, que no. El espectáculo debe continuar. Al fin y al cabo, no es por premios que hacemos las cosas. Para Bong Joon-Ho, parece aplicarse lo segundo. Tras el histórico triunfo de Parásitos —primera película en coreano en ganar el máximo premio—, muchos se preguntaban: ¿qué sigue para este creador de historia? Sería fácil retirarse o caer en la complacencia.
Pero Bong sorprende al mundo yendo en otra dirección: adaptando la novela Mickey 17 de Edward Ashton, que retrata una colonia espacial gobernada por un tirano en condiciones inhumanas. Con un elenco estelar —Robert Pattinson como protagonista, Naomi Ackie, Mark Ruffalo, Toni Collette y Steven Yeun—, la cinta plantea una premisa intrigante: ¿y si hubiera dos Pattinson? Ambientada en 2054, la historia arranca con Mickey 17 en una misión en medio de una tormenta de nieve, al borde de la muerte, aceptando su destino cíclico de ser "reimpreso" (clonado). Pero un grupo de alienígenas lo salva, cambiando su suerte y abriendo un canal de comunicación inesperado.
Como es tradición en Bong, el anticapitalismo y la crítica a la desigualdad social son ejes centrales. La película no teme exponer cómo personas como Mickey Barnes —interpretado con maestría por Pattinson— se convierten en chivos expiatorios de un sistema opresor. Bajo el régimen del político fracasado Kenneth Marshall (Ruffalo) y su cómplice Ylfa (Collette), Mickey es solo un número, un clon desechable al servicio del colonialismo espacial. Marshall, figura autoritaria con sueños de un planeta habitado por "superhumanos blancos", evoca paralelismos con líderes históricos y contemporáneos.
Mickey, en el escalafón más bajo, es un huérfano complaciente arrastrado por su amigo Timo (Yeun) a negocios fallidos —como una tienda de macarons— que los llevan a esconderse en una nave espacial. Allí, aceptan trabajos denigrantes: supervisar hornos y convertirse en "desechables", cuerpos clonables cuyos recuerdos se almacenan en un disco duro. Un rol perfecto para misiones suicidas.
Bong reinterpreta la novela para cuestionar: ¿qué significa morir? Explora la mortalidad y cómo un sistema de clonación roba el valor de la vida, especialmente a los oprimidos. Aunque Marshall disfruta viendo morir a Pattinson una y otra vez, Bong —humanista hasta la médula— no se burla de Mickey, sino que empatiza con su deshumanización.
La inmortalidad, en este mundo, es una carga para las clases bajas. Mickey, pese a su rol crucial en la colonia, es invisibilizado. Aquí entra Nasha (Ackie), cuyo afecto genuino por Mickey la convierte en símbolo de resistencia contra el régimen. En un triángulo amoroso entre el clon 17 y 18, ella lidera la esperanza de un futuro mejor.
El capitalismo promete libertad, pero bajo el yugo de Marshall, solo hay resentimiento. La película muestra que, para derrocar tiranías, hasta la comunicación con alienígenas o la muerte misma podrían ser necesarias.
Pattinson brilla en su papel más arriesgado, inspirándose en el anime para retratar a Mickey con expresiones exageradas y una energía caótica. Ruffalo y Collette roban escenas como villanos fascinantes. Pero es la dirección de Bong, con su diseño de producción impecable y sonido envolvente, lo que eleva la cinta. No ha perdido su toque: cada plano es un festín visual y auditivo.
Mickey 17 no es Parásitos, pero no lo necesita. Es una odisea ambiciosa que interroga nuestra humanidad, mezclando humor ácido con crítica social. Bong nos urge a confrontar la crueldad sistémica, incluso en los escenarios más absurdos.
La pregunta queda: ¿qué hará Bong ahora? ¿Otro blockbuster en inglés o un regreso a sus raíces coreanas? Sea cual sea su camino, su lucha contra el capitalismo y su fe en la humanidad seguirán intactas. Y por eso, Bong Joon-Ho sigue siendo uno de los grandes: un director que no claudica, incluso cuando otros se rinden. Quizás, algún día, logremos un mundo donde nadie sea insignificante. El tiempo lo dirá.





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